Mirna Murillo Gamarra falleció el pasado 12 de junio en Paris. Su vida constituye una de las páginas más conmovedoras y ejemplares de la lucha por la dignidad en la historia reciente de Bolivia desde el activismo social, el periodismo comprometido, la defensa inclaudicable de los derechos humanos durante las dictaduras militares que ensangrentaron el país en las décadas de los setenta y ochenta y su militancia en el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Psicoterapeuta y periodista de formación, Mirna desarrolló su vocación de servicio público desde las trincheras de la información, siendo directora de la página cultural del periódico El Diario, pero fue precisamente su pluma y su conciencia crítica lo que la colocó en la mira del régimen del dictador Hugo Banzer, llevando a que en 1972 fuera arrestada y sometida a torturas por la policía política boliviana, un episodio que, lejos de quebrantarla, cimentó su fama de coraje y le valió, en 1973 y aún estando privada de libertad, la Medalla de Honor al Valor que le confirió la Unión de Mujeres de Bolivia (UMBO).
Tras ser liberada, el exilio se convirtió en su siguiente campo de batalla, y desde Francia organizó, con el respaldo de la organización CIMADE, una operación humanitaria que logró la liberación de 52 presos políticos bolivianos, al tiempo que su voz adquiría proyección internacional al ser invitada en 1974 al Tribunal Russell II en Milán, un juicio ético y simbólico donde testificó sobre las sistemáticas violaciones a los derechos humanos en América Latina, demostrando que su compromiso no conocía fronteras.
El retorno a Bolivia en 1980 la encontró nuevamente frente a la adversidad, pues ese mismo año un nuevo golpe militar sacudió al país, y lejos de amilanarse, cofundó la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (ASOFAMD), una institución que se erigió como un faro de esperanza y justicia para las familias que buscaban a sus seres queridos arrebatados por la represión, y a la que dedicó gran parte de su energía para combatir la impunidad y mantener viva la memoria histórica. Su labor la llevó también a integrar la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia y a dirigir la Televisión Universitaria de Tarija, siempre con la convicción de que la comunicación y la educación eran herramientas indispensables para la construcción de una sociedad más justa, y su incansable militancia por la verdad fue reconocida mucho más allá de las fronteras bolivianas, recibiendo en 2012 la Medalla de la Alta Asamblea del Senado francés en reconocimiento a su contribución a la defensa de los derechos humanos en Latinoamérica, mientras su vida y su lucha quedaban inmortalizadas en documentales como “Hôtel Terminus” de Max Ophuls.
Mirna nos dejó un legado en las vidas que ayudó a rescatar del horror, en las instituciones que fundó para que las víctimas tuvieran un rostro y un nombre, y en su inquebrantable convicción de que la memoria no es un lujo del pasado, sino una exigencia ética del presente, convirtiéndose así en una de esas figuras esenciales que, desde el anonimato relativo de la militancia social, sostienen la dignidad de un país y enseñan que la verdadera política es aquella que se ejerce con el cuerpo, la palabra y la resistencia frente a la opresión.
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