100 años de Fidel y nuestra lucha en Bolivia II VIDEO + LIBRO

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Fidel no escribió un libro grueso para que lo lean los intelectuales; escribió discursos que son cartas de navegación para los que no tenemos la brújula en este tiempos oscuros.

Lo primero que hay que sacar de Fidel es su obsesión por la unidad. No la unidad abstracta, sino la concreta: la que se forja en la madrugada cuando el enemigo está cerca y el hambre aprieta. Él entendió que sin los campesinos no hay revolución en el campo, y sin los obreros no hay revolución en la ciudad, y sin los estudiantes no hay revolución en la conciencia. Y no lo dijo para quedar bien con nadie: lo puso en práctica en la Sierra, cuando supo que el guajiro no era un aliado menor, sino el hueso principal del esqueleto insurgente. Acá, en el Chapare y en la cordillera, nosotros todavía estamos peleando por entender eso: que el indio que ara la tierra con sus manos peladas no es un accesorio de nuestra causa, es la causa misma. Fidel ya lo había resuelto en los años 60, y nosotros seguimos tropezando con la misma piedra.

Otro aprendizaje es su concepción de la guerra como hecho total. Fidel nunca separó la lucha armada de la lucha política, ni la lucha política de la lucha cultural. Cuando hablaba de la alfabetización, no estaba siendo filántropo; estaba desarmando al enemigo en su propio terreno, porque un pueblo que sabe leer también sabe leer las mentiras del imperio. Y nosotros, que estamos rodeados de analfabetismo funcional, de desinformación, de radios que nos lavan el cerebro con canciones de amor y publicidad, tenemos que entender que nuestra batalla también se libra en el aula improvisada, en la noche de fogón donde se enseña el abecedario con la punta de un palo en la tierra. Fidel lo hizo con millones de cubanos; nosotros podemos hacerlo con los miles que tenemos en las comunidades.

Pero hay una enseñanza de Fidel que, para nosotros los guevaristas bolivianos, es la más urgente: la paciencia revolucionaria. Fidel supo esperar el momento justo para cada golpe, supo retirarse a tiempo para volver con más fuerza, supo construir alianzas incómodas sin perder el rumbo. Nosotros, con nuestra impaciencia, con nuestro coraje a veces ciego, tenemos que aprender a dosificar la pólvora y a sembrar la semilla aunque no veamos el árbol. El Che, en su última carta desde la selva, hablaba de la necesidad de “ajustar el paso”, no por cobardía, sino por inteligencia táctica. Y eso es realismo revolucionario.

Fidel entendió que la revolución no termina con la toma del poder; empieza ahí. Esa es la lección más amarga y más luminosa que nos dejó. Él supo que gobernar es también hacer revolución, que la administración del Estado puede ser una trinchera o una tumba, y que la burocracia es un enemigo interno más sutil que el yanqui. No nos vamos a engañar: en Cuba hubo errores, hubo rigideces, hubo momentos donde la creatividad se congeló. Pero Fidel siempre llamó a la corrección, siempre puso el dedo en la llaga sin maquillar la realidad, y siempre sostuvo que el socialismo se construye con la crítica de los de abajo, no con los aplausos de los de arriba. Nosotros, que estamos lejos de ese poder, podemos aprender a no repetir esos errores cuando llegue el día. Podemos aprender a no enamorarnos del cargo, a no confundir la Revolución con la silla.

Fidel no defendió a Cuba, defendió a Nuestra América entera. Su apoyo a las guerrillas centroamericanas, su solidaridad con el pueblo puertorriqueño, su denuncia de los golpes militares en el Cono Sur, todo eso fue una misma lucha. Y nosotros, enclavados en el corazón de Sudamérica, tenemos que entender que Bolivia no es una isla. Nuestra lucha es la misma que la del minero chileno, la del campesino paraguayo, la del estudiante argentino. Fidel nos enseñó a mirar el mapa sin fronteras, y esa mirada es la que nos impide caer en el nacionalismo pequeñoburgués que tanto daño ha hecho a los movimientos populares de este lado del mundo.

Fidel predicó con el ejemplo: sus discursos sobre el trabajo voluntario, sobre la renuncia a los privilegios, sobre la vida austera del dirigente revolucionario, no fueron florituras oratorias. Las aplicó a sí mismo. Y eso, en un mundo donde los líderes se enriquecen y se vuelven inaccesibles, es una lección que nosotros tenemos que grabar a fuego en la memoria de cada militante. No podemos pedirle al compañero de base que dé la vida si el dirigente se guarda la mejor ración. Fidel lo entendió como pocos, y por eso su pueblo le creyó. Nosotros, en la precariedad de nuestra situación, tenemos que hacer de esa coherencia la norma, no la excepción.

La tarea: leer a Fidel no con los ojos del que busca una fórmula, sino con los del que busca una actitud. Porque el pensamiento de Fidel no es un paquete cerrado; es un arma que se afila en el uso. Y nosotros, los y las guevaristas bolivianas, tenemos la obligación de usarla sin desviar la mira. El enemigo está ahí, al norte y al sur, en el parlamento y en la transnacional, en el latifundio y en el banco. Fidel nos dejó el mapa, pero el camino hay que andarlo con los pies de los nuestros, con el sudor de los nuestros, con la sangre de los nuestros. Y que no quede duda: lo andaremos.

 

¡Hasta la victoria, siempre!

¡Fidel Vive!

Movimiento Guevarista

Bolivia, 13 de agosto 2026

 

 

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